jueves, 25 de febrero de 2016

Fanfic: Once versus Tom. Capítulo 2: Recuerdos al ataque

Dedicado a Bea <3


Capítulo 2: Recuerdos al ataque



Tom estaba adormilado en clases por no haber poder dormido bien, estuvo hablando con Andreas hasta las cuatro de la mañana. Y luego cortó la conversación debido a que estaba durmiéndose y Andreas lo notó.

Ahora se veía tentado a dormirse como muchos de sus compañeros hacían, pero no lo haría.

—Joven Trümper, ¿puede responder a la interrogante que está en el pizarrón? —cuestionó la maestra. Tom asintió ausente.


Estaba en el agua. La piscina olímpica era lo suficiente grande como para discurrir sus pensamientos, como para perderse, dejar de ahogarse en sus penas y preocupaciones. 

Dejar de pensar en Bill besándolo, en Bill tomándolo de la mano, en Bill sonriendo como un bobo, era difícil pero no imposible. Y ya sabía que a la larga el tomar era malo, dejaba una resaca terrible, y él no estaba para eso. Sobre lo de acostarse con un desconocido… pues aún estaba en duda. Le gustaba la sensación que le quedaba, el cómo lo distraía.

Siguió moviéndose en la piscina, estaba vacía y él se hundía hasta media cabeza, con la nariz afuera para que pudiera respirar y su cuerpo relajándose. No sabía qué haría de ahora en adelante, debía replantearse el tener una vida sin Bill.

Sonaba extraño y hasta patético, pero siempre se había imaginado una vida junto a él, cuando dejaba sus mudas de ropas y su cepillo de dientes, cuando le prometió que no se iría a menos que Tom se lo pidiera.

Sentía de pronto que le faltaba el aire, que le costaba respirar, se sentía roto. 
Necesitaba salir de ahí o se dejaría hundir y no era lo suficientemente estúpido como para matarse.

Salió de la piscina entre esfuerzos, debido a que le costaba hasta caminar. Él había leído algo de eso una vez, eran ataques de pánico o de ansiedad, no recordaba con exactitud. Poco importaba ahora, solo quería respirar con normalidad e irse. Fue a los vestidores, escuchando la ducha abierta, las gotas caer fuertemente contra alguien dentro. Intentó concentrarse en eso y no en que se sentía del asco.

Fue entonces cuando se percató que esos vestidores eran para los muchachos en general, algunos venían de la cancha de fútbol, otros de la básquet y al parecer estaba ahí un chico alto y fornido.

Ayúdam… no pudo completar la frase porque se desmayó.

Tom se despertó por el penetrante aroma que llegaba a sus fosas nasales, era alcohol. 

Estaba en un tópico, y una señora canosa junto a un muchacho rubio lo miraban preocupados.

Ya se despertó informó el chico. Tom parpadeó confundido.

Joven, este es la enfermería del club de deportes. Ronald amablemente te trajo aquí debido a que él estaba bañándose cuando entraste y perdiste el conocimiento explicó la mujer.

Oh, sí, lo lamento. Me comencé a sentir mal en la piscina y bueno… soltó Tom azorado. Ronald lo miró con ternura.

Si gustas puedo llevarte a tu casa, no sería prudente dejarte ir si estás sintiéndote mal sugirió Ronald con una sonrisa amable.

Tom asintió más por compromiso que por verdaderas ganas.


¿Quieres ir a tomar un café o algo? preguntó Ronald mientras caminaban al estacionamiento. Tom no respondió, Margaret, la enfermera, me dijo que quizá te desmayaste porque no comiste bien, puedo invitarte algo de comer si deseas.

Tom se detuvo, y con los labios en una fina línea, se giró hacia Ronald, que si bien era más alto que él, no le amedrentaba.

¿Qué? ¿Quieres una mamada o metérmela? —estaba a la defensiva por lo de anoche. Ronald se sonrojó y miró a otro lado—. Anda, dilo, que no te dé vergüenza.

—Quiero… que me la metas.

Tom se quedó paralizado. Ese chico podría ser mucho mayor que él, bueno, quizá no tanto, pero sí un tanto mayor, y quería que él se lo hiciera. ¿Por qué? De alguna forma lo de anoche, lo había hecho sentir degradado, era solo sexo crudo, nada de caricias, sin amor de por medio. Entonces… no sería malo, si él lo notaba, era solo un intercambio.

—Está bien, solo necesito comer primero, y después que me lleves a un lugar. —Ronald asintió aún rojo.


Se enteró mientras Ronald lo llevaba a su departamento, que jugaba soccer, y que era gay de clóset, y que si bien le pareció atractivo, no pensó en nada hasta que Tom se lo mencionó. Y también le dijo que sus intenciones eran buenas, planeaba ir en un par de citas con Tom hasta que se conocieran bien. Y que debía cuidarse, porque no siempre hay personas como él en los lugares, y pudieran haberse aprovechado.

Tom lo tuvo en cuenta, y le explicó que él no buscaba una relación seria, así que lo de las citas no hubiera funcionado con él.

Se iba dando cuenta que se estaba convirtiendo en alguien y aunque no le gustase del todo, lo prefería a ese Tom llorica y temeroso con ataques.

Tom le pidió condones, Ronald, le señaló su cajón y fue desprendiéndose de sus ropas. 

Tom se limitó a quitarse los pantalones, sin sacarse las medias ni la cazadora. No se besaron, de nuevo, no había amor, solo búsqueda de placer con toques inexpertos al no estar habituados al cuerpo del contrario.

Era la primera vez que Tom penetraba a alguien, y Ronald le estaba explicando cómo hacerlo para no lastimarlo, y le agradeció infinitamente, y si bien la sensación asfixiante le gustaba, prefería ser estimulado por ambos lados, aunque no se quejase, para nada.

Era sexo, era sentir una cavidad caliente recibiéndole, era no sentirse rechazado, sentirse deseado, clamar algo suyo, aunque fuese efímeramente, sentir cómo esos ojos se paseaban por su cuerpo, sentir la lascivia en ellos, pero principalmente eso, sentir, ya no estar como un zombi, sino sentirse vivo.

Se vino con fuerza en el condón que tenía puesto, y notaba que la sensación sería mucho mejor sin nada de por medio, sin embargo, se seguiría protegiendo.


Ronald cumplió y lo llevó a la peluquería, a una específica, donde hacían solo peinados especiales. Pero su reacción no fue de sorpresa, al parecer Tom daba la idea de ser del tipo de persona que le gustaba el hiphop y rap. Debido a su indumentaria ancha.

No hizo preguntas y Tom lo agradeció mentalmente mientras se bajaba de su carro.


Anémona estaba haciendo la cena cuando sintió unos brazos abrazarla, y sonriente se giró para darle un beso en la frente a su hijo, cuando se percató de que su cabello estaba diferente. No estaba simplemente corto y teñido de negro como cuando se fue a estudiar, sino que tenía como trenzas desde la raíz del cabello.

—Se llaman cornrows, mamá —explicó Tom, sonriente. Anémona soltó una sonrisa fingida—, ¿no te gustan, verdad?

—Es que, mi amor, primero vienes con rastas y pensé que ya lo habías superado, pero estos peinados son rarísimos, como que no cuadran contigo, solo las mujeres usan trenzas, mi vida.

Tom frunció el ceño, ofendido, y luego soltó una risotada, no pudiéndose enojar con su madre por su mente cerrada.

A las finales, ella no tenía del todo la culpa.

Sin buscar atormentarla más, se fue a su habitación.


Estaba agradecido de que la tecnología hubiera avanzado lo suficiente como para no tener que lidiar con fotografías físicas de Bill, o de ellos juntos.

Las hubiera roto apenas terminaron. Y no las tendría escondidas en su laptop y computadora, para verlas cuando las necesitara, como ahora. Las veía para recordarse que tenía que ser fuerte. Para no volver a caer en lo mismo. Para llorar en silencio y pensar en quién se fue y nunca volvería. Bill se fue y se llevó consigo a Once, el chiquillo crédulo que recogía promesas rotas.

Solo había quedado una parte de Once, con la cual luchaba día con día.

Y, estaba seguro, que algún día terminaría por aniquilarla.

Entró a su Facebook y colgó una foto suya. Era una actual, tomada desde su computadora y donde lucía con su nuevo look.

Recibió likes de Andreas, y otros contactos con los que hacia tiempo no se veía, se sintió satisfecho cuando le comentaron que se veía diferente. Era la idea.

Quería que Once muriera.


—Para mí, siempre serás Once…

Las palabras de Bill hacían eco en su mente, y se despertó con el pecho subiendo y bajando, estaba alterado. Aterrado de que pudieran volver a abandonarle. No, no aterrado de que pudieran volver a hacerlo, sino que Bill fuese la persona que lo abandonara otra vez. Pero no tenía sentido, ya lo había hecho y había destrozado su corazón, sus sentidos, su todo.

Pesadillas vívidas, casi terrores nocturnos, ya no sabía cómo lidiar con eso. Necesitaba encontrar un placebo.

Se abrazó a sí mismo y sollozó en silencio.

Le empezaba a faltar el aire de nuevo, debía hacer algo, avisarle a su madre, su padre o cualquier cosa. Sin embargo, no podía, no quería verse frágil frente a alguien más, por más que fuese su familia, suficiente con haber soportado que Ronald lo viese desmayarse. No quería que se repitiese.

Se puso una camiseta y vio, con ojos vidriosos y el aire faltándole, la ventana, tenía que saltar. Se impulsó para hacerlo, se encogió y lo hizo, cayendo aparatosamente sobre un arbusto. No le interesaba.

Con los pies descalzos y la piel con rasguños por su caída, se dispuso a correr como si lo estuviesen correteando. No había nadie detrás suyo, solo sus fantasmas que volvían a formarse mientras él pasaba por los sitios que estuvo con Bill, esos fantasmas que son los que se crean en los sitios donde solías hacer algo seguido. Donde solía besarse con Bill, donde hicieron el amor muchas veces, donde desnudó más que su cuerpo.

Quería huir de todo. No obstante, no siempre puedes hacerlo, no cuando tu ciudad es pequeña y conoces casi a todos.

Se detuvo cuando encontró a Andreas, el cual estaba dirigiéndose a casa de Tom.

—¿Qué demonios haces aquí? —preguntó Tom con la voz ofuscada.

—Bueno, era una sorpresa, sé que es tarde, pero quería ir a verte, Anémona me ama así que pensé que me dejaría entrar. ¿Qué haces en esas fachas y fuera de tu casa? —cuestionó Andreas, rascándose el cuello.

Tom escuchó parcialmente todo y abrazó a Andreas, sin importarle que la gente se le quedase mirando, y pensase que era un demente por su indumentaria y estar descalzo.

Andreas correspondió al abrazo, extrañado. No preguntó nada cuando sintió a Tom llorar en su hombro.

—Vamos a mi casa —ordenó Andreas. Y lo sujetó por su mano, jalando de él.
Tom se dejó hacer.


Georg no preguntó nada cuando vio a Andreas entrar con Tom, no lo veía en buen estado, así que no creía que sería conveniente cuestionar algo.

Apenas llegaron a la habitación de Andreas, Tom se sentó porque el rubio lo obligó a hacerlo. Y Andreas se quitó la mochila, de la cual sacó una cazadora que tenía un logo de Daft Punk grandísimo en la espalda, donde también habían dos firmas. Andreas extendió la cazadora para que Tom la viera y este sonrió algo ido.

—Es para ti —le tendió la cazadora, Tom la sujetó y se aferró a ella—. Vamos, sonríe, Tomi. Tienes una hermosa sonrisa. Respira hondo, toma aire, sostenlo y déjalo fluir, para luego soltarlo.

Tom obedeció y pronto estuvo bien, aunque ese no fuese el término correcto.

—¿Por qué no me enamoré de ti, Andi?

—Porque estaba muy de moda y eres algo hipster —bromeó Andreas, no le gustaba hablar del tema desde que Kris había terminado con él porque no soportaba tener una relación a distancia.

—Hablo en serio. Todo hubiera sido más fácil.

—Y no porque algo sea fácil, significa que deba darse. Ya no estés así. Conocerás a alguien más y te enamorarás. Aún somos jóvenes —dijo Andreas. Tom negó con la cabeza, lágrimas secas brillando en sus ojos.

—Sé mi novio, Andi. —Tom intentó acercarse a él, Andreas posó sus manos sobre los hombros de Tom para detenerlo.

—No, Tom. Así no. Así nunca. Tú aún amas a Bill y simplemente me dices esto porque estás herido, si quieres me lo plantearé cuando lo olvides.

—No entiendes… no podré hacerlo.

Andreas cerró los ojos, apretando los párpados y sintiéndose mal por su mejor amigo.

—Sí podrás. Ya verás que sí.

—¿Qué tengo de malo? ¿Qué? Si quieres lo hacemos, solo pídemelo. Yo puedo hacerte sentir bien…

—Si bien la oferta es muy tentadora, tengo que declinar. Te respeto demasiado como amigo como para permitir que te hagas esto —explicó Andreas con voz calmada, Tom se limpió la nariz con el borde de la camiseta que llevaba puesta y asintió, sintiéndose diminuto.

—Quiero irme lejos. —Ambos se sentaron en la cama, Tom le rehuyó la mirada y Andreas se sintió pésimo.

—Tomi…

—No me trates como a un bebé. No lo necesito. Solo quiero irme lejos y empezar una vida desde cero, lejos de todos los recuerdos, de mis padres, de su fantasma.

—No necesitas irte para borrar sus recuerdos. Solo, distráete. Verás que todo saldrá bien, solo deja que el tiempo cure tus heridas —intentó tranquilizarlo y Tom lo miró con una sonrisa lastimera.

—Ojalá —soltó en una exhalación.

—Sucederá, verás que sí.

Tom se quedó dormido junto a Andreas, como cuando eran niños y hacían pijamadas.


Tom se despertó y se dio cuenta que tenía clases. Vio a Andreas durmiendo, lo dejó hacerlo y se fue de su casa.

—¿De dónde vienes, mi amor? ¿A qué hora saliste? —preguntó Anémona preocupada.

—De casa de Andi, vino a Alemania y hablamos de muchas cosas y me quedé a dormir. —Anémona vio a Tom como si no le creyera lo que le decía—. Esta cazadora me la regaló él, tiene autógrafos de unos músicos que nos gustan a ambos.

Anémona recién se percató de ello y sonrió. —Tan buen muchacho que es Andi.

—Sí. Ya tengo que alistarme para ir a la universidad.

La mujer lo apuró con un gesto y Tom se metió a la ducha, para quitarse los restos de hojas, tierra y demás que tenía.


Salió y llegó muy tarde, de nuevo estaba ese chico de cabello negro y corto, que se llamaba Luca en su salón, y le había dejado un asiento libre junto a él. Tom le sonrió en agradecimiento y se sentó.

—Sabía que vendrías. Tu nombre está en la lista de afuera.

—Gracias por guardarme asiento, Luca.


—De nada, fue un placer, Tom.

3 comentarios: