martes, 1 de mayo de 2012

Drabble: Umbrío.

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"Tú no me puedes mentir, no me podrás mentir más"
Oscuro, sin luz como los negros surcos bajo sus ojos. 

Clasificada: MA (18+)
Categoria: General
 Advertencias: Ninguno
Género: Drama

Drabble perteneciente a la serie Tokio Hotel de la A a la Z nacido en el grupo de Autores de Fanfics.
Y esta es la U.
Disclaimer: Ninguno de los personajes me pertenecen, lo demás es de mi autoría. No se busca ofender a nadie con esto.

Gracias a C por el beteo y a Aliss R Alemán por el banner :3 La historia está medio rara, como yo, así que pido paciencia para que entiendan todo e.e. 

Umbrío

El lápiz cayó en el lavadero y lo volvió a sujetar entre sus largos dedos dirigiéndolos hacia las comisuras de sus ojos, pasándolo una y otra y otra vez, buscando alcanzar una utópica perfección ante la visión que tenía de ellos. Debía verse perfecto, estilizar sus facciones, aún más, si cabía.
Su cabello se agitaba levemente. Él no era lacio, y por más que se lo hubiese planchado el movimiento característico se mantenía. Lo tenía hasta los hombros, color azabache, pero no natural, él era rubio.
El barniz negro de sus uñas brillaba frente a cada meneo.
Se detuvo un instante para palparse el rostro después de mirarse en el espejo por un largo tiempo, lo hizo detenidamente, como si fuera la primera vez que lo sintiese, rozó sus mejillas hundidas, su mentón cuadrado, su nariz respingona, sus pómulos y comenzó a rascarse de un momento a otro, primero levemente y luego hasta ponerse rojiza la piel.
Pequeños sonidos ahogados salían de su garganta, se la sujetó a la sensación de falta de aire invadirle y luego impactó su puño contra el espejo consiguiendo que su imagen se rompiese para siempre.
—Tú no me puedes mentir, no me podrás mentir más —masculló entre dientes mientras veía curioso su reciente herida sangrante que no le provocaba dolor.
Se lavó las manos para limpiarse la sangre, se las secó y volvió a sujetar el lápiz ahora con trémulos dedos, no era por el dolor que se negaba a procesar su mente, era por algo más… ansiedad, la ansiedad que le recorría el cuerpo y le cerraba las vías respiratorias al ver objetos que reflejasen su imagen; la ansiedad que le hacía querer arrancarse la piel que habitaba, la que tanto amaba y detestaba a la misma vez. La ansiedad que le carcomía y hacía tener pesadillas vívidas, pesadillas estando despierto donde no distinguía lo que era real y lo que no.
Pintó las comisuras de sus ojos una vez más, a cada trazo pareciendo un espectro, aspecto que iría acorde a cómo se movía entre las demás personas; no podrían entenderle, él era demasiado complejo, único, especial como para que el resto pudiese comprender su naturaleza.
Debía lucir perfecto, a toda costa, por eso se echó más polvos que pudieran cubrir los recientes rasguños. Era estúpido, era tonto, un imbécil por haberse lastimado, magullado su perfecta piel, su perfecto rostro, ¿por qué lo haría? Se maldecía, lo hacía una y mil veces.
Se le cayó de nuevo el lápiz, en esta ocasión permitió que se quedara ahí y luego se aplicó el brillo en los labios con un pulso que hacía que los rededores de sus labios también se pintasen.
Todas las ropas que traía se las quitó y se puso unas que se le ceñían al cuerpo. Vio su reflejo durante un instante y sonrió complacido.
—Estás roto por mentirme, ¡soy Bill, no Tom! —gritó eufórico—. Bill nunca murió porque soy él —afirmó más para sí que para el espejo destrozado, que curiosamente lucía igual que Tom.



Fanfic Once. Capítulo 9: Besos equivocados y besos certeros.


Era lunes. No se le antojaba ir a la escuela, no sabiendo que Bill no le hablaría, sin embargo, no era elección suya, no después de que su madre lo tuviese castigado por salir sin permiso de casa.

Se vistió desganado mientras miraba la hora en su celular, todavía era temprano pero debía apurarse si es que no quería llegar tarde. Tenía llamadas perdidas del número desconocido de nuevo, suspiró, quería hablar con alguien, caviló seriamente el contestar a esa persona para contarle lo que le sucedía no en búsqueda de consejo, sino para soltarlo. Al ser un absurdo, bufó, un pensamiento infantil, ahora entendía porque Bill se alejaba de él, era demasiado niño.

Iría a hablar con Andreas. A hacer las paces, responderle que sí a todo lo que le dijera solo para luego desahogarse. Quería mucho a Bill, lo necesitaba, se había habituado tanto y ahora tener que dejarle de ver, o escucharle, que le regalase algo, cualquier cosa estaría bien con tal de tenerle cerca.

Las clases le parecían igual de monótonas, la única diferencia fue en el recreo, en donde la psicóloga no fue a buscarle y sus compañeros estuvieron aglomerándose cerca de la verja. Se dispuso a dibujar en su salón y no salió ni a los servicios higiénicos cuando sonó el timbre del final de su receso. Los otros niños entraron presurosos al aula y uno de ellos se acercó a Tom.

—Ey, Trümper, tu amigo, el chico extraño ese. Uno de los auxiliares lo jaló por el brazo, la profe de Lengua estaba con ellos, al parecer lo han expulsado del colegio —informó. Tom se quedó boquiabierto al verle regresar a su sitio como si lo que le hubiera contado no llevara importancia. “¿Expulsaron a Bill?”, fue lo que pensó. “¿Por qué?”, fue lo segundo que pasó por su menteSe levantó de su asiento dirigiéndose a la puerta para salir a buscarlo y el maestro de turno le detuvo.

—¿A dónde cree que va, Trümper? —le cuestionó. Tom quiso responderle pero solo alcanzó a balbucear sinsentidos para cuando el profesor le silenció con la mirada—. Regrese a su asiento, jovencito. —Tom negó y pasó por un costado del maestro para salir del aula, dirigiéndose a la verja, no alcanzó a ver más que a algunos de compañeros de Bill, entre ellos el hermano de Andreas, cuchicheando entre sí.

—Mierda, está jodido.

—Iba a terminar así, es mejor, era muy problemático.

—Pero meterse con uno de primaria, estaba loco, pobre niño. —Tom oía lo que decían y sintió ansiedad, podía escuchar a su maestro llamarle y acercándosele. Intentó pasar la verja pero unas manos le sujetaron por la cintura, bajándole de ahí.

—Trümper, recibirás una nota por esto —masculló el mayor, dejándole en el suelo otra vez. Pero Tom no estaba allí, Tom estaba mirando a los chicos de grados superiores, inútilmente esperando verle, se sentía desesperado.

—¿Crees que irá a la fiesta de hoy?

—Sí, de hecho, no se la perdería, sabes que se emborracha hasta desconocerse después de un problema en la escuela y he oído que irá su ex —fue lo último que escuchó antes de que le sujetasen del brazo para llevarlo a su aula. Fiesta, lo vería allí y le preguntaría qué es lo que había pasado, lo miraría, tenía que hacerlo, si le expulsaban no podría y… se resistía a recordar lo sucedido el sábado. Tom sabía que era distinto que Bill no quisiera verle a que no pudiera.


—Hola, Tom, qué milagro verte por acá, pensé que te habías olvidado de mí, pequeño ingrato que…

—Hola para ti también, Andreas, ¿me dejas entrar? Quiero hablar con Georg —le cortó la perorata, haciendo que le observase con los ojos completamente abiertos en un gesto dramático, le empujó levemente para pasar y subir las escaleras después de darle un breve saludo a la mamá de Andreas.

—Ey tú, el pequeño Tom, no te veía tan seguido por aquí, ¿ya hiciste las paces con mi hermano? —preguntó el castaño al verle en su puerta.

—No vine por Andy, vine a hablar contigo —explicó Tom para después morderse el labio, no sabiendo cómo decírselo sin que sonase raro. Georg le observó expectante y escuchó a Andreas subir las escaleras—. ¿Me puedes decir dónde será la fiesta que harán tus compañeros hoy? —El mayor arqueó una ceja y torció la boca en una sonrisa burlona.

—¿Quieres ir a la fiesta de Nat? Pero si tú eres un crío, ¿qué harías allí? Ella es hermana de Gustav y por eso todos estamos invitados pero Nat está en la universidad, inclusive irán chicos mayores que yo —explicó Georg, observando la mirada decidida de Tom e intentando relacionarla con la situación en perspectiva. ¿Para qué iría? “Bingo”, pensó cuando el rostro de Bill apareció en sus pensamientos.

—Quiero… quiero… —intentó justificarse en vano, siendo interrumpido por Andreas.

—Quiere juntarse con chicos grandes, por eso hoy salió de su salón todo rebelde a ver cómo expulsaban a su amiguito —desdeñó Andreas—. Y no le digas, se meterá en más problemas, no creas que no vi cómo te daban una nota, Tom.

—¡No te metas! —gruñó Tom con el ceño fruncido—. No me importa que estés peleado conmigo pero no te metas en esto, no me conoces, somos amigos de tanto tiempo y aún así no sabes quién soy.

—¡No es cierto! Te desconozco, que es muy distinto. Te meterás en problemas porque se lo contaré a tu madre, le diré que planeas ir a esa fiesta solo para ver a ese tipejo —amenazó Andreas con las mejillas encendidas por la cólera. Tom bufó y le miró fijamente. Georg observaba divertido la escena.

—Si le dices algo a mi mamá no te volveré a hablar nunca más, así que cuando ella llame tú le dirás que estoy aquí contigo, ¿ok? —advirtió Tom. Andreas tragó saliva y asintió sumiso.

—¿Entonces vamos a ir a la fiesta, pequeño Tom? —interrogó Georg riéndose.

—Sí —afirmó y sujetó su celular—. Ahora tú vas a decirle a mi mamá que estoy bien y estoy en tu casa, que quizá me quede a dormir porque eso haré. Apenas haga lo que tenga que hacer vendré a tu casa y hablaremos porque me irrita que andes como vieja cotilla todo el tiempo fastidiándome y hablando mal de mí.

Encendió su móvil y una llamada entrante le alertó. Número privado otra vez.

—Me acabas de decir vieja cotilla —se quejó Andreas. Tom le chistó y contestó su teléfono.

—Aló, mire señor desconocido, hoy no podré apagar mi celular porque me llamará mi mamá así que le ruego sea más comprensivo y no me marque seguido, al menos hoy no, ¿ok? —pidió Tom. Andreas frunció el ceño, le parecía absurdo que siguiese con ese jueguito. El silencio en la línea hizo bufar a Tom—. Bueno, confío en usted, adiós —cortó la llamada.

—Hoy estás distinto, Tom —señaló Georg, todavía riéndose. Tom se sonrojó.

—No lo estoy solo que… uhmn, llamaré a mi mamá —señaló su móvil y tomó a Andreas de la mano yendo al cuarto del rubio.


Bill se sentía como un pedazo de mierda, uno de los mocosos que le habían visto junto a Once el sábado le había ido con el cuento a la maestra y esta le había informado al director. En un pueblo pequeño todos se enteraban de la vida del resto, y cuando vieron regresar a Once llorando del bosque se produjeron especulaciones de todo tipo, incluyendo en ellas que el culpable era Bill. Su madre se iría a enterar, no de su boca eso lo tenía por seguro, sino por la de la psicóloga. Se puso a fumar y comenzó a marcarle a Once, cuando le contestó le pidió que no lo llamase y sonrió.

Se preguntaba si su madre lo metería en la escuela militar. Se golpeó la frente por siquiera hesitar, era evidente que esa sería su próxima parada. Una despedida, tenía que perderse, drogarse, beber, salir con cualquier chico o chica, lo que sea, necesitaba algo que pudiera ayudarle a desfogarse. Tendría una semana o quizá unos días antes de que su madre arreglase todo para que se entrase a ese colegio donde perdería contacto con el mundo exterior, su progenitora le visitaría y tendría derecho a llamadas pero prácticamente era como una cárcel. Sintió nostalgia por su cabello, se lo cortarían de hecho, ni qué hablar de sus perforaciones. Sus porros, su alcohol, su ropa, su vida se disiparía allí.

Sentía ganas de llorar pero no lo haría. Con ese cúmulo de pensamientos tomó una ducha para despejarse, había oído que James iría, si lo vería quería estar presentable, demostrarle que nada de lo que le había dicho dejaba mella en él.


Tom sabía que no debía estar ahí, Georg se lo había advertido y cumplió con dejarle en la puerta mientras entraba por unas cervezas. Gracias a que la mayoría de los presentes estuviesen demasiado ebrios como para prestarle verdadera importancia cuando ingresó al lugar, y que el otro tanto de gente estuviese en pleno toqueteo descarado, pudo desplazarse con facilidad.

Lo que no pudo fue distinguir a Bill entre el tumulto. Se incomodó, se sentía fuera de lugar allí, con la muchedumbre apestando a alcohol, cigarro y sudor. No le hallaba la gracia, ¿cómo podían tocarse de esa forma? ¿Qué, no sentían vergüenza? Sintió un estremecimiento al ver cómo le metían la lengua en la boca de una chica y giró la vista con el calor posado sobre sus mejillas.

—¿Bill? —llamó temeroso con una voz que no sobresalía entre la música. Se estaba poniendo nervioso. No lo veía por ningún lado, faltaba que no fuese y él estuviese allí exponiéndose en vano. Su rictus se descomponía porque lo extrañaba y esa nostalgia le hacía querer sollozar de pronto.

Cerró los ojos con fuerza y apretó los puños. Se iría de ese sitio de inmediato. Unas risas se abrieron paso entre el ruido estridente del lugar. Por inercia giró el rostro, encontrándose con unos muchachos, que lucían mayores que el resto y que se apoyaban contra una puerta, riéndose hasta el punto de sujetarse el vientre. Uno de los chicos era rubio y traía unas perforaciones que le recordaron a Bill, una en el labio y otra en la oreja; mientras que el pelinegro que estaba a su costado traía rastas, unas que se veían descuidadas. El rubio acercó al pelinegro por la cintura y comenzó a besarle. A Tom se le pusieron rojas hasta las raíces del pelo y cerró los orbes otra vez.

Al abrirlos las risas se escuchaban distantes, los chicos ya no estaban ahí, se sobó los ojos y vio el movimiento de la puerta. Como si la golpeasen por dentro, un sonido casi imperceptible acompañó a este. Miró a ambos lados. Nadie más se percataba de su presencia. Decidió acercarse más, abriéndose paso en medio del gentío y las latas de cerveza caídas. Le parecía estúpido tratar de investigar pudiendo ser una simple ilusión óptica, pero se apoyaba en el sonido, que difícilmente podría ser imaginado con tanta claridad; quizá era un animal encerrado, o una persona buscando huir por estar en cautiverio por un psicópata. Omitió lo último para darse el valor de llegar hacia la puerta.

Fue cuando llegó al otro extremo que notó quizá estaba arriesgándose al meterse en un asunto como ese. Sin embargo, abrió la puerta y unas manos se aferraron a sus piernas logrando que cayera de rodillas dentro del cuarto oscuro. Estuvo a punto de gritar, con el corazón sintiéndolo en la garganta y la aceleración recorriéndole el cuerpo, no obstante, escuchó una voz que le impidió hacerlo.

—Maldito, vienes con tu nuevo novio y me lo restriegas en la cara, ¡jódete! —Era Bill. Con un aliento a alcohol y la voz gangosa pero era él. Sintió sus puños golpearle con cierta fuerza en el pecho y de ahí sus dedos sujetarle por la playera, haciendo que se acercase a él.

Quiso decirle quién era. Sin embargo, todo fue tan rápido y confuso que acabó con los labios de Bill contra los suyos sin soltar palabra. Sus bocas conectadas, no un simple roce como cuando Bill le había mordido, sino un beso completo, de esos que veía que se daban los chicos y chicas mayores, con mucho movimiento por parte de Bill y una lengua que se coló entre sus labios con rapidez. Se sentía perdido, no sabía qué sentir, no le disgustaba la sensación a pesar de no saber qué hacer y fuese incómodo estar recibiendo tanta atención de esa forma tan urgida.

Su corazón daba tumbos, era algo diferente al nerviosismo que sentía antes, no era miedo, tampoco era el sentirse casi claustrofóbico ahí, era… algo que le remecía el vientre y que por lo mismo le hizo deshacerse del agarre con un empujón. Un casi gritado ‘no’ que le despertó del pasmo en el cual se encontraba antes y que consiguió que el otro le preguntase con voz tímida:

—¿Once?

Repentinamente deseó mantenerse en la oscuridad para no salir nunca más. Sería verle el rostro y ser visto. Se sentía abochornado, temblaba incluso. Se aovilló y mantuvo a una distancia prudente de Bill, aunque al parecer este quería acercarse a él y tanteaba el suelo en su búsqueda.

—Once ugh, perdón, pensé que eras alguien…

—Sé lo que pensaste —respondió con voz pequeña. Se sentía minúsculo en ese momento. No sabía lo que se había suscitado, pero tampoco quería saberlo todo ahora, le bastaba con saber que había sido confundido con alguien más, con un chico, y que había sido besado por ello.

Besado. Besado. Besado. No mordido sino besado.

Demasiada información que procesar en una sola noche, quería largarse de allí.

—Eh, crío, de verdad que lo siento, uhmn. —El ruido de Bill al levantarse del suelo le hizo alarmarse. La perilla fue girada y la luz de la casa descubrió sus rostros.

Bill traía el maquillaje corrido, la nariz rojiza y los ojos brillosos. Le ofreció su mano para que le imitase. Tom se paró sin ayuda y miró hacia el suelo.

—Ey, gracias por abrir la puerta, al parecer me habían dejado encerrado —dijo Bill.

Tom pensó en los chicos que habían estado sobre la puerta, en cómo se habían reído antes de besarse y desaparecer. Eran reales.

Bill sabía a la perfección que lo habían encerrado a propósito, porque conocían de lo que era capaz de hacer si se mantenía fuera de ese cuarto. Su exnovio lo sabía, por eso se alejó de su pareja y le habló a Bill como si quisiera recordar viejos tiempos para terminar encerrándolo allí. Lo consideraban un mocoso estúpido y problemático, por eso James había optado por burlarse un poco teniéndolo ahí.

James, el chico con rastas negras nunca tomó en serio a Bill. James tenía más de veinte años y estaba en la universidad. Había conocido a Bill en una fiesta como esa, saliendo abochornado de un cuarto donde yacía una chica, luego se enteró que era novia de Bill y que le había rechazado cuando este le propuso que tuvieran sexo al ser muy ‘niño’. James sin notar la gran diferencia de edad por su altura y su forma de vestir, intentó algo con él, no pensó en una relación sentimental en ningún momento, solo un poco de flirteo con caricias y besos en remuneración. El problema es que Bill era insistente. James cedió y le dio una oportunidad, sin esperarse que Bill fuera tan dependiente, rompió el contacto al saberlo, a las finales, solo era algo sin importancia.

Pero James, sabía que Bill actuaría de mala forma en presencia de Jack, su nuevo novio. No quería más problemas, ni berrinches de críos ebrios, así que actuó. Con ayuda de Jack, le dio una pequeña lección a Billy.

El alcohol recorriéndole el organismo contribuía a que se sintiera como el ser más patético del mundo. Pero tampoco podía simplemente rehuir por completo de su realidad y ensimismarse o tornarse violento con quien encontrase a su paso; aunque sí podía hacerlo, después de lo sucedido con Once, ya no. Se rascó el brazo y parpadeó un par de veces buscando despabilarse un poco.

—Tenemos que salir de aquí, enano, apesta a mierda —demandó con acidez en la voz, al vislumbrar a lo lejos las rastas de su ex.

—Si lo dices por el aroma a sudor y alcohol, tú hueles igual —dijo Tom aún con la mirada sobre el suelo. Bill le observó con una ceja alzada, no dejaba de sorprenderle sus respuestas directas cuando solía ser demasiado tímido.

No se arrepentía de haberlo besado, a pesar de que las circunstancias en las cuales se había dado no eran las correctas. Le gustaba Once, ahora ebrio podía soltarlo sin presionarse por cómo se viera. Claro, rompía con la lógica que seguía, debido a que creía que todos los chicos de su edad eran estúpidos y que los de más edad al poseer mayores experiencias serían distintos. Sin embargo, ya había comprobado que ese no era el caso, que cuando una persona es estúpida, lo sería tenga la edad que tenga. Y Once le demostraba actitudes que mucha gente perdía con el tiempo, o que simplemente desechaban.

No se atrevería a lastimarlo, a asustarle, Once era tan solo un niño y evidentemente la percepción que tenía podría alejarlo. Y no quería eso. Le gustaba Once, cómo se sentía junto a él.

—Pensé que me odiabas, por lo que me dijiste, me llamaste mentiroso y en parte me sentí mal, al menos ahora… ahora podremos vernos, si me dejas claro.

Alcohol, drogas, chicas, chicos, desfogarse… prefería pasarle con Once, en el nubarrón de su ebriedad pensaba que era mejor así, llevarle al bosque de nuevo, cerca del río, comprarle helados, dulces.

—Te expulsaron de la escuela, no sé por qué. Y eso no te hace menos mentiroso —soltó Tom, sintiendo todavía el cosquilleo en sus labios y buscando una razón para que Bill no huyese de su lado en ese instante.

—Me expulsaron por ser malo, quería evitar eso o que te metieras en problemas por mi culpa, ¿viste que sí soy capaz de causarlos? En fin, uhmn sí, mentiroso —concedió mientras se tendía sobre el pasto en el que estaban sentados, observando embelesado el cielo.

—¿La psicóloga tuvo que ver, cierto? Ella me daba mala espina, entonces… ¿quiere decir que no soy muy niño para ser tu amigo? —cuestionó Tom con un leve brillo en los ojos. Bill le vio desde su posición y le sonrió.

—Si tuvieras más edad otro sería el cantar, Once, créeme, pero sí, podemos ser amigos ahora sin que nos joda esa bruja de mierda —respondió Bill mientras buscaba la mano de Tom y la apretaba—. Quiero que me regales una semana, o quizá menos tiempo en el que estarás saliendo tooodas las tardes conmigo, ¿aceptas?

Tom se lo pensó. Podría decir que iría donde Andreas, y su rubio amigo no le fallaría en esta ocasión así que asintió enérgicamente, observando sonriente la mano sujeta a la suya. Bill se sentó y le dejó un beso en la mejilla para luego morderse el labio, se le antojaba besarlo de nuevo pero se resistía a hacerlo. “Maldición, no seas un jodido enfermo”, pensó.  

—¿Qué me miras? —preguntó Once, sintiéndose incómodo.

—Eres… lindo, bonito, serás guapo de grande, a mi edad tendrás muchas chicas derritiéndose por ti —le puso un dedo sobre la punta de su respingona nariz y le sonrió. Once la arrugó y se sonrojó.

—No seas mentiroso, lo estás siendo de nuevo, oich —se cruzó de brazos e hizo sobresaliente su labio inferior.

Quería que Bill lo mordiera, lo estaba tentando, quería sentirlo cerca. Bill le vio la boca y se acercó rápidamente para mordérsela, Once deslizó su labio del agarre y acortó la distancia entre ellos para darle un corto y casto beso.

Bill fue el que se alejó en esta ocasión y parpadeó un par de veces seguidas buscando entender lo sucedido. ¿Once le había besado? Quiso preguntarle pero solo alcanzó a balbucear palabras ininteligibles.

—¿Me acompañas? —masculló Tom con las mejillas teñidas de rojo y una sonrisilla traviesa. Lo más probable es que Bill no recordase lo que pasó, al menos no del todo, podría mentirle también.

—Eh sí, sí, te acompaño —dijo aún confundido.  

miércoles, 11 de abril de 2012

Oneshot: El dulce príncipe.

Se me pasaron dedazos, perdón :P

Resumen: "Solo un príncipe poseedor de un corazón puro podrá combatir el hechizo que requiere de coraje y constancia" 

Disclaimer: Los personajes son reales, los que no, son de mi autoría parcial porque están basados, al igual que la trama, en el cuento de Hans Christian Andersen llamadoLos cisnes salvajes

El pequeño observaba con ojos ávidos y llenos de curiosidad al libro que tenía entre sus diminutas manos, la pasta poseía un azul brillante con diversos relieves hechos con oro, pero el niño desconocía el valor de aquel metal precioso y más impactante le parecía su interior, las páginas que recitaban oraciones piadosas que todavía no podía leer debido a su edad, los dibujos en colores chillones que en su cabeza cobraban movimiento y voz, haciéndole sonreír.
Un hombre cogió en brazos al infante y le dejó un beso sobre su melena rubia.
—Pareciera que algún Dios pagano nos hubiese jugado una tetra, hijo. Me arrebató al amor de mi vida y a ti te dejó sin madre, no pudiendo ni siquiera verla alguna vez pero teniéndola siempre contigo al poseer su misma belleza. —El menor se limitó a sonreír, ignorante de lo dicho al ser todavía inocente. El padre apoyó su frente sobre la de su pequeño y suspiró—. Sonríe, Tom, sonríe, lo único que nos queda es encontrar felicidad en nosotros mismos y en Dios —mencionó mientras sujetaba el libro que traía el niño en sus manos—. Pasaremos tiempos difíciles en el reino, aún eres pequeño y no lo entiendes pero… —Alzó el horarium—, encontrarás la paz aquí.
Tom pestañeó e intentó coger su libro de nuevo, el padre sonrió y se lo dio, besándole la mejilla esta vez y bajándolo.
Observar a su último hijo jugar le complacía a Jörg, le hacía sentir una momentánea paz. Sin embargo, como rey, sabía que así viese a todos sus hijos jugar no podría volver a sentirse calmo por completo. Habían problemas con otro reino, el cual exigía que se unificaran si es que deseaban que no se desatase una guerra.
Jörg se sentó y tomó un sorbo de su copa, observando el jardín en su esplendor al ser mediodía. Un día hermoso debía admitir, por más nubarrones que lo amenazasen a nivel personal.
Uno de los sirvientes apareció de pronto, captando su atención de inmediato, se imaginaba el porqué de su presencia, sin embargo —y como si de alguna forma pudiese alargar más el momento—, esperó a que hablase.
—Su Majestad, sus invitados han llegado —informó el siervo. Jörg asintió y se levantó para ingresar al palacio.
Jörg observó a los presentes e inclinó la cabeza, el hombre que tenía en frente poseía un rimbombante traje que por poco le hizo resoplar, al costado estaba su séquito y una doncella de expresión fatua, la que suponía era la princesa. Hacia evidente hasta en sus ropas sus intenciones, disminuirlo, arrimarlo hacia la necesidad de unificar sus reinos para que la economía del suyo se equilibrase, y de paso regirse bajo todas sus leyes. Pero el rey no quería desertar, no estaba dispuesto a ceder.
—¿A qué debo el honor de vuestra presencia? —musitó con fingida cordialidad.
—Pues he venido a hablar de nuestros asuntos, ¿de qué más sino? —Soltó una jocosa risa tras lo dicho. Jörg sonrió por cortesía—. He venido a hacerte otra proposición. —El rey más joven alzó una ceja e instó a que prosiguiese—. Debido a que lo más sensato es que unifiquemos los reinos, y que no tiene por qué darse una guerra en la cual se conoce el resultado al tú no tener medios. Te ofrezco que unifiquemos los reinos y que el poder recaiga sobre ti. —Jörg se admiró ante lo expuesto y quiso responderle de inmediato afirmativamente debido a que eso le convendría—. Pero con una condición —la mano regordeta y llena de anillos levantó un dedo frente al rey—: que te cases con mi hija.
La princesa lo observó con una mirada que fingía ser dulce aunque pareciese que tuviese los ojos pútridos por dentro. Irradiaba maldad, como si poseyese un aura oscura que lo obligase a uno a retroceder. Pero era por el bien del reino, se intentaba convencer de aquello.
Una sonrisa maquiavélica se formó en la comisura de los labios de la futura reina.
 …
Los ojos grandes del infante se hallaban acuosos y las señales de un irremisiblemente puchero se mostraban esplendorosas en su pequeño labio inferior tembloroso. El castaño sonrió ladinamente y asintió, dándole énfasis a sus palabras.
—Te desangrarás por esa herida y morirás, lo he visto antes —repitió.
—¿En serio, Georg? ¡Entonces quiero ver a papá! —sollozó el niño. El rictus del mayor decayó y su entrecejo se frunció.
—Está con la malhumorada de Betsabé, no te hará caso así se te salgan las entrañas por ese raspón —masculló Georg. El pequeño Tom se cubrió la boca con la mano en señal de espanto frente a su terrible destino, todo por no poner cuidado al jugar y caerse. Miró con pavor los hilillos de sangre que manaban de su rodilla.
—¡No me quiero morir! —lloriqueó y otro niño se unió a la escena, uno mayor que ambos.
—¿Qué sucede aquí? —interrogó el recién llegado con expresión circunspecta, tenía quince años, a diferencia de Georg que tenía once y el pequeño Tom de cuatro años.
—Nada, Gustav —apremió a responder el castaño, pero era evidente que no sucedía precisamente nada al estar Tom con una herida en la rodilla y llorando desconsoladamente.
—Gus, me voy a morir —dijo Tom entre gimoteos. El rubio arqueó una ceja y miró acusatoriamente a Georg, para después sentarse junto al menor de sus hermanos.
—¿Por qué lo dices, Tom?
—Georg me contó que cuando uno tenía una herida en la rodilla se desangraba y moría —respondió. Gustav resopló para darle un empujón a Georg que lo hiciera caer al suelo y luego abrazar a Tom.
—No te va a pasar nada de eso, Tom. Solo que Georg es tan estúpido a veces —consoló el mayor. Georg se levantó para limpiarse el traje y alzar la nariz haciéndose el ofendido—. Y tú deja de molestar a Tom y haz los deberes, que sé que no los has terminado.
—¡Tú no eres mi madre ni mi padre para darme órdenes! —exclamó Georg remilgoso.
—No hace falta, soy tu hermano mayor.
—¡Andreas es incluso mayor que tú y es menos lioso! —bramó. Gustav dejó a Tom en el suelo después de explicarle que con un poco de agua todo pasaría y observó fijamente a Georg.
—¿Ves a Andreas aquí? Pues yo no, así que en base a ello el que puede hacer y deshacer algo ahora soy yo, así que ve a tu habitación a hacer los deberes —ordenó nuevamente con la expresión endurecida.
Georg lo miró con desprecio y entró al palacio. Gustav cargó a Tom y fue hacia los lavabos, necesitaba limpiarle la herida, a veces sentía que era el único sensato de todos sus hermanos, exceptuando el pequeño Tom que era un adorable niño que nunca causaba problemas, a diferencia de sus otros diez hermanos. Suspiró, se amaban entre ellos a pesar de todo.
—Ya no me duele —mencionó Tom con una sonrisa que le iluminaba el rostro y la cual Gustav no se resistió a corresponder.
—¿Ves? Solo era un pequeño raspón, ten más cuidado, ¿estamos? —le guiñó un ojo y lo bajó del lavatorio. Tom asintió y caminó en otra dirección.
Gustav pensó que se avecinaba la boda de su padre, comprendía la situación así se negasen a explicársela propiamente debido a que era solo un adolescente, y lo que más le preocupaba de todo era la reacción de sus hermanos frente a este cambio. Cuando su madre murió, fue muy difícil, pero lo fueron superando de a pocos, aunque ineludiblemente era un hecho que los había marcado, ahora era distinto.
Esta mujer con la que se iba a casar, la princesa del otro reino parecía… mala, no parecía, era mala, exudaba maldad por cada poro, y presentaba una poco disimulada repulsión a sus hermanos y también hacia él. Pero Gustav no era del tipo de personas que se entrometen en los asuntos del resto ni andan pendientes de la opinión que tienen, sino que sus sospechas estaban hechas a base de hechos, como que les quitasen ciertas gollerías a sus hermanos menores, algo tan ínfimo pero visto con cierto deleite perverso en los ojos de aquella mujer, el que limitase el tiempo que dedicaba el rey a sus hijos y, refutando la idea de que pudiera haber sido obra alguna de su imaginación o elucubraciones suyas por celos infundados al no querer poseer una madrastra, escuchó  una conversación entre su padre y Betsabé; esta última hablaba pestes de Gustav y sus hermanos, consiguiendo que incluso un rasgo de hesitación se implantase en el rostro del rey. Esa mujer los detestaba.
No era como si Gustav pudiese hacer mucho al respecto, eso era lo más le frustraba, el tener en su conocimiento algo pero que no le servía de utilidad al ser solo un adolescente. Quizá si hablaría con su padre… fue lo que pensó, desertando de inmediato a la idea puesto que su progenitor había ido cambiando desde que Betsabé había aparecido en sus vidas. Pasando de ser un alegre, recto pero bonachón padre y rey a ser uno egoísta, arisco y petulante, como por arte de alguna especie de hechicería. 
Gustav de pronto temía que estuviesen en peligro.
—Dudo que sea una buena idea, Betsabé. Es mi hijo y lo sabes —musitó Jörg.
—¡Claro que sé que es tu hijo! Y como si fuera mío, por eso mismo te lo planteo así: ya que sus hermanos no son precisamente unos ejemplos dignos a seguir y asegurándote de que sea, mañana más tarde, un hombre valeroso y humilde. ¿Qué mejor forma que aprendiendo todos esos valores en una familia campesina? Con gente que realmente es humilde y puedan inculcárselo y sin la mala influencia que representan sus hermanos de por medio, Jörg, toma en cuenta mis palabras. Tom es un niño muy tierno aún y merece tener un próspero futuro, ¿no lo crees así? Y tú también lo mereces, el sentirte plenamente orgulloso de al menos uno de tus hijos. —La mujer le sirvió más té, de aquel que solo ella hacía y le ofreció una sonrisa a la que no tardó en corresponder.
—Uhmn —paladeó el sabor del líquido y suspiró—. Creo que tienes razón. Y así Tom podría ser el próximo al trono.
—Como tú lo digas, amor —cedió Betsabé.
Tom se sentó en su cama mientras el siervo armaba su equipaje, llevaba bajo su brazo su libro azul, el horarium que había mandado a hacer su madre antes de morir para su pequeño hijo. Su padre le había dicho que daría un viaje pero que regresaría al castillo en cuanto fuese más grande como sus hermanos. Y Tom, inocente como todo niño, aceptó sin muchos rodeos y más bien con curiosidad.
Cuando se despidió de sus hermanos algunos de ellos lloraban, su padre no lo hacía, y así se embarcó en el carromato en dirección a una casa alejada del pueblo, donde vivía una pareja de campesinos cariñosos que le dieron mucho afecto pero seguían sin ser su padre o sus hermanos. Ahí recién reparó Tom, a su corta edad, qué es lo que era el sufrir.
Al tener quince años, su padre le había dicho, volvería a casa y todo sería como antes. Eso mantenía la llama de su fe encendida y oraba todas las noches por su familia.
Betsabé tenía puesta una capa singular cuando reunió a todos los hermanos de Tom en la terraza del castillo, ellos temiendo a algún castigo habían obedecido, y esta les miró con desprecio apenas aparecieron.
—Ustedes son… unos ¡indeseables! ¡Obstáculos en mi camino! ¿Creen que su padre está actuando así de la nada? ¿Piensan que volverá a ser el de siempre, eh? ¡Ilusos! Vuestro padre es solo una marioneta más en este juego donde la dominancia es lo fundamental, y este reino es el trofeo… ¿y ustedes? Son insectos despreciables que podrían dificultarme el paso, así que… ¡Vuelen, vuelen lejos! —farfulló y movió la capa haciendo que los absortos niños se convirtiesen en cisnes, pero no unos cisnes cualquiera, sino cada uno con su pequeña corona en la cabeza al ser príncipes.
Las aves obedecieron a la mujer y con torpes aleteos desaparecieron de su visión. Betsabé sonrió con suficiencia.
Tom dormía plácidamente en su mullida cama, con las lágrimas secas sobre sus mejillas por no haber podido conciliar el sueño hasta después de mucho rato de pensar. Pero ahora Morfeo compensaba a su dulce e inocente alma con un sueño profundo del cual no podría despertar hasta el alba, así que por ello no pudo apreciar cuando sus hermanos en forma de cisnes batieron sus alas con fuerza en su ventana para que los observase y supiese de su maleficio.
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David, el campesino que cuidaba a Tom, sujetaba los leños, mientras que un Tom más grande le ayudaba tras sus pasos.
El muchacho ya disfrutaba de sus quince primaveras y su belleza no había hecho más que ensalzarse, teniendo ahora cabellos rubios reposando sobre sus hombros que resplandecían frente al sol, el cual le decía lo hermoso que era al alba posarse sobre sus ojos color miel, las rosas le susurraban que no había joven más bello y sus mejillas se teñían de un rojizo que en lo armonioso de su rostro no hacía más que arrobar su apariencia. Pero la belleza de Tom no estaba sujeta a los límites de lo físico, que si bien era cierto era un muy bien parecido joven, sin embargo, también era una de las personas más dulces que habitara por allí, siendo bondadoso, atento y humilde, rasgos que conseguían que algunas muchachas del pueblo soñasen con él al ser tan perfecto y que reafirmara que su belleza interna era como su belleza interna, si es que no era aún mayor.
Al llegar a la cabaña, dejando los leños en donde le ordenó David, Tom se limpió en el agua cristalina y se sentó junto a Dunja, la esposa de David, que se encontraba observando curiosa las páginas de su horarium. Él leyó algunas de las oraciones que se encontraban allí y ella le ofreció una sonrisa agradecida.
—Piadosas tus palabras, mancebo —farfulló Dunja, Tom negó.
—Las palabras del Libro de las Horas lo son, mi señora. —Señaló el libro azul que tenía en sus manos con una sonrisa reluciente.
—Hoy vendrán del castillo. El momento ha llegado, Tom —masculló la dama con tono solemne. Tom asintió, sentía nostalgia de alejarse de sus padres putativos, sin embargo, también la emoción de volver a encontrarse con su padre y sus hermanos.
Y, como quien tienta al diablo, la puerta fue aporrada. Tom fue en búsqueda de sus pertenencias y, tras una afectuosa y triste despedida, siguió a los hombros que habían venido por él.
Ya en el palacio, la bienvenida se la dio su madrastra, la actual reina Betsabé, con la misma fingida sonrisa que le había dado años atrás, solo que ahora más vetusta.
—¡Tom, el pequeño Tom! —dijo—. Mírate qué grande estás, lo malo son tus fachas, no podrás ver a tu padre así. Acompáñame, te preparé un baño y vestimentas para que luzcas como un príncipe debe lucir.
Tom, manteniendo su educación y sin pensar mal de nadie, accedió, desconociendo las intenciones turbias que poseía aquella mujer.
“No puedo, simplemente no puedo convertirlo en cisne como a sus hermanos. Jörg sospecharía… pero tampoco puedo permitir que se vuelva un obstáculo. ¡Ya sé! Haré que ni su propio padre lo reconozca al quitarle su belleza”, pensó Betsabé mientras se dirigía al cuarto de baño.
Tres sapos aparecieron en la instancia como por arte de magia.
La malvada mujer sujetó a uno y le dio un beso para luego ordenarle:—Cuando Tom venga a bañarse te posarás sobre su cabeza y lo volverás tan estúpido como tú. —Dejó que el anfibio cayera al agua, sujetando el segundo—. Tú te posarás sobre su rostro y lo volverás tan horrible como tú para que su padre no pueda reconocerla y tú —dijo mientras dejaba caer al segundo— te posarás sobre su corazón para que esté henchido de pensamientos perversos que no podrá realizar al ser estúpido.
Los tres sapos volvieron el agua de la bañera verde y con burbujas que explotaban provocando un sonido desagradable. Betsabé sonrió.
El príncipe, primero estaba dudoso por el color del agua, pero luego confiado al oírle decir a Betsabé que el agua era verdusca debido a los minerales que le había puesto para que fuera más relajante su baño. Lo que le extrañó fue que al entrar en ella esta estuviera diáfana como si antes no hubiera poseído aquel color oscuro. Decidió restarle importancia al creer que más sabría su madrastra que él de los efectos del menjunje.
Los sapos, sin embargo, no desaparecieron con aquella facilidad, y cada uno obedeció las palabras de Betsabé. Tom se hundió un poco más en el agua, no percibiendo el contacto de los seres, que al rozar la lozana piel del príncipe se transformaron en amapolas rojas. La magia de Betsabé no tenía poder sobre él por poseer un corazón inocente y ser piadoso.
Tom salió relajado del baño y se calzó su bata, dirigiéndose hacia su habitación. Se puso el traje que yacía sobre su cama y el sonido de la puerta le hizo ponerse alerta. La abrió y le sonrió a Betsabé.
—Tenías razón, Betsabé. Disfruté mucho del baño y me relajé bastante —dijo Tom.
Betsabé tuvo que controlar el impulso de contraer el rostro en señal evidente de desprecio y un tinte de envidia ante la belleza arrobadora del joven.
—Oh, pues si crees que mi labor como tu nueva madre ha acabado, aún no lo has visto todo, Tom. Te pondré algunos polvos en el rostro, ya sabes, de los que están destinados exclusivamente para la nobleza y para que luzcas deslumbrante. Ven conmigo —pidió. Tom asintió y la siguió.
Jörg movía los dedos sobre el brazo de su silla, se encontraba ansioso, quería ver cuanto antes a su hijo. Betsabé apareció con una mueca en la boca y una expresión que no supo descifrar.
—¿Qué sucede? —interrogó.
—Tom, ya podrás verlo. Ven Tom —lo llamó y un joven bien vestido pero con el rostro sucio y contraído apareció frente él. No, ese no podía ser su hijo el que era tan bello como su difunta esposa.
—Padre —musitó el muchacho con una sonrisa. Jörg frunció la nariz y giró el rostro.
—¡Guardias! Llévenselo, este no es mi hijo, es un impostor. —Tom negó con palabras y gestos pero los hombres igual lo sujetaron y llevaron fuera del palacio.
—¡No! Padre… mis hermanos sí me hubieran reconocido, ¿por qué, padre? ¿Acaso ya no me quieres? —farfulló al viento y suspiró.
Decían que sus hermanos habían huido del castillo, se preguntaba por qué nunca lo habían visitado y también por qué su padre no había sabido quién era. ¿Es que acaso el tiempo lo había cambiado tanto? Pensó que podría ir donde David y Dunja, pero desechó esa idea al no recordar el camino porque siempre lo llevaban en carromato. Se preguntaba qué sería de su vida ahora.
Sin pensarlo, y con el afán de no ensimismarse en pensamientos negativos, Tom caminó sin rumbo fijo por el bosque.
El príncipe, recordando las palabras del campesino David, caminaba en dirección al río para así poder encontrar a alguien que pudiese ayudarle a encontrar a sus hermanos, pero horrorosa fue su sorpresa al vislumbrar su reflejo en las aguas.
Su rostro antes impoluto se hallaba repleto de manchas, sus facciones contraídas aunque él no estuviese haciendo nada para provocar aquello, sus cabellos rubios de un color apagado. Ingresó al río para limpiarse y al salir volvió a brillar como antes frente al sol. ¿Cómo era posible que hubiese cambiado tanto? Es por ello que su padre no pudo reconocerlo. ¿Pero cómo había pasado? Recordó a Betsabé poniéndole los polvos y demás al arreglarlo, ¿podría ser? Tom no se atrevía a desconfiar de alguien, sin embargo… era una opción factible. Se mordió el labio y se sintió confundido. Decidió que si bien era importante pensar sobre ello, lo era aún más el encontrar a sus hermanos, y, lo más inmediato, buscar un lugar donde dormir o comida. 
Debería recordar más de las lecciones que le había dado David. Se guió en el bosque, no alejándose del río, hasta que encontró algunas frutas comestibles, que estaba seguro no eran venenosas, y que engulló hambriento. Tan ensimismado estaba que no reparó en la presencia de alguien junto a él.
—Ten cuidado, jovencito, o podrías atragantarte —aconsejó la anciana con una dulce sonrisa, a lo que Tom la observó avergonzado.
—Es que tenía mucha hambre, perdón —dijo. La mujer mayor asintió, con un ademán restándole importancia al asunto.
—No tienes de qué disculparte, niño. ¿Qué hacías aquí en el bosque? Ya pronto el sol se irá y se puede tornar todo muy peligroso.
—Es que busco a mis hermanos, dulce mujer. ¿No los habrá visto acaso? A once príncipes —preguntó Tom esperanzado, la anciana negó.
—No he visto a once príncipes, pero sí a once cisnes con coronas que pasan muy seguido por aquí —informó. Tom escuchó atento cuando la señora le instruía por dónde los había observado, admitiendo internamente y con algo de decepción que Betsabé era alguna especie de maga que los había hechizado, así como lo había vuelto horrible frente a los ojos de su padre.
Después de acompañarla a su casa en forma de agradecimiento, Tom se dirigió en búsqueda de sus hermanos y, a penas el sol se ocultó tras las montañas, once cisnes bajaron del cielo hacia la tierra transformándose en aquel lapso en príncipes. Tom sin poder contenerse corrió a su encuentro, abrazándose a sus hermanos que lo habían reconocido de inmediato.
—¡Tom, pequeño Tom! —chillaron emocionados.
—¡Hermanos míos! Han pasado años desde que los he visto y mírenlos ahora, la cruel maga de Betsabé les ha echado un embrujo, pero juro solemnemente en el nombre del Todopoderoso que yo les quitaré esto —masculló Tom con seguridad. Gustav le observó con una sonrisa amable.
—Dudo que lo consigas, Tom. Es magia negra, ella es una bruja y tú posees una alma inocente, tu noble corazón no conoce de estas artes —contratacó Gustav. Tom negó.
—Lo haré, verán que sí —soltó.
Se pasaron la noche contándose lo que no habían podido contarse al estar separados tantos años. Entre esas cosas que los hermanos de Tom vivían en un reino más allá del mar, y que tenían que esperar los días que fuesen más largos del año para cruzar todo el mar, aunque al llegar la tarde se convirtiesen en cisnes, para volver a estas tierras y esperarle encontrarle. Que existía un pequeño montículo de tierra en medio del mar en el que se juntaban al caer la tarde y donde pasaban la noche pero que solo si se apretaban lo suficiente.
Ahora se llevarían a Tom consigo, así que antes de dormir formaron una hamaca con mimbres y juncos, y al amanecer el joven se despertó meciéndose en ella con sus hermanos en forma de cisnes sujetando los extremos de la hamaca y sobre los aires.
Tom se maravilló con la vista y luego agradeció a sus hermanos por todo. Les prometió que pronto todos serían completamente humanos y liberarían a su padre de Betsabé.
Una tormenta hizo algo dificultoso el viaje, haciendo que los cisnes tuvieran que emplear mayor fuerza debido a que cargaban con el peso considerable de Tom, este se sintió culpable, la tarde se avecinaba y todos morirían si es que no llegaban a aquella pequeña isla en medio del camino. Tom se encomendó a sus rezos y hermanos llegaron a tierra justo antes de transformarse en humanos, todos se apretujaron y cubrieron con la hamaca por la lluvia.
Al siguiente día el viaje fue más corto, ya sea porque no era la primera mitad, o por cual haya sido la razón, pero después de que uno de los cisnes negara cuando Tom preguntó si aquella tierra de colores y formas diversas y centellantes era la tierra de la que hablaran, y luego al ser humano Georg le explicase que se trataba de la casa del Hada Natalie, pues habían llegado.
Se ubicaron en una cueva que era donde estaban sus hermanos.
Esa noche Tom soñó con algo distinto. Una mujer con un halo brillante y cegador, con una túnica blanca iluminada y una cabellera rubia que adornaba sus hombros desnudos. Unas facciones delicadas casi angelicales.
—¿Quién eres tú? —interrogó Tom pasmado.
—Soy el Hada Natalie y he venido a tus sueños para ayudarte porque sé que posees un noble corazón y eres un ser piadoso —explicó.
—¿Ayudarme?
—Sí, ayudarte con tus hermanos, Tom. Ellos están bajo un hechizo oscuro pero no irreversible, pero para salvarlos deberás ser paciente y perseverante al pasar por un camino sumamente doloroso, de ello dependerá no solo que vuelvan a su forma humana, sino su vida también, ¿entiendes, Tom? —Tom asintió—. Deberás buscar las ortigas, de las que crecen en los cementerios, y con ellas harás camisas para cada uno de tus hermanos. Hasta no terminar la décima primera camisa trabajo no podrás hablar, no podrás decir ni una palabra o tus hermanos morirán, al despertar encontrarás la primera tanda de ortigas para que comiences. Mis mejores deseos, Tom.
Sus ojos se abrieron de inmediato, su piel estaba escarapelada y su pecho elevándose, había sido un sueño. Giró y vio amontonadas a las ortigas y se dio cuenta que era real. Se acercó a las plantas y empezó su labor, completamente decidido.
A la mañana siguiente sus hermanos observaron el cuadro en su forma de cisnes, preguntándose el por qué Tom no hablaba, al caer la tarde Gustav se acercó a él y tomándolo por sus manos lastimadas por las ortigas le preguntó, Tom se limitó a sonreírle, en ese momento descubriendo todos que su pequeño hermano hacía algo en contra de la maldición. Georg lloró junto a Tom de la emoción y cuando sus lágrimas hicieron contacto con sus palmas magulladas las heridas se sanaron.
Pasó otro día más, y los cisnes fueron en búsqueda de comida, para no interrumpir a Tom, el cual siguió en lo suyo.
Unos ladridos lo alertaron. Se hizo un ovillo con el par de camisas que tenía hechas en el fondo de la cueva, esperando pasar inadvertido para aquellos canes. Sin embargo, la suerte parecía no estar de su parte puesto que unos perros cazadores aparecieron mostrando sus fauces. Un silbido se oyó haciendo que los animales se calmasen. Tom se tensó al no saber de dónde provenía, pronto un muchacho que oscilaba entre los veinte y veinticinco años lo observó en su escondite.
—Hola —le saludó el joven. Tom tragó saliva y se aferró más a sus camisas por más daño que le provocasen a sus manos—. Me llamo Bill, y al parecer mis perros te confundieron con alguna presa —sonrió—. ¿No puedes hablar? —Tom no respondió ni con gestos a lo que Bill bufó—. Bueno, déjame te ayudo con eso.
Al Bill intentar quitarle las camisas Tom se reusó a dejarlo, pero el joven aprovechó la pequeña pelea para sujetarlo por su cintura y subirlo a su caballo, pidiéndole a su sirviente que cogiera también las cosas del niño.
Bill era el rey de aquel reino y había visto en Tom una belleza digna de retratarse, una belleza tan inmaculada y salvaje, exquisita, exótica, no podía simplemente dejarlo ir. Se casaría con él, lo haría rey. Lo dejó en manos de las siervas para que lo vistiesen de acuerdo a su nuevo estatus social, ahora iría preparando todo para la boda.
—Pero Majestad, ese muchacho no puede ser de fiar, ¿no le ve usted que cose con ortigas? ¡Quién haría eso si no ha de ser por brujería! —acusó el arzobispo, a lo que el rey rodó los ojos.
—No seas exagerado, Bushido, debe ser algo especial para él, no le veo nada mal, aparte de que lastime sus manos, creo. En fin, necesito saber fechas que puedan ser factibles para mi casamiento —pidió Bill mientras dejaba caer su puño sobre la mesa.
Tom se comía la cabeza pensando en cómo podría huir de aquella situación. No podía pedir ayuda a sus hermanos al no poder gritar. Al menos en aquel castillo le habían permitido darse un baño caliente y le habían dado ropas, pero Tom necesitaba continuar con su labor, intentó explicarles a las mujeres que le servían de las camisas y ortigas que aquel maniático había cogido del lugar donde lo raptó, sin embargo, ellas no le comprendían. Tom terminó por resoplar y sentarse en su cama.
La perilla de su cuarto fue girada y él se alarmó ante ello, espigándose de inmediato y espantándose al ver al moreno de ojos miel y piel pálida que lo había secuestrado; como si pudiese servir de algo, sujetó una almohada y la levantó amenazante, obteniendo una mirada dulce y una sonrisa del mismo modo mientras el mayor rompía el trecho entre ambos, Tom retrocedió en la cama hasta quedar de espaldas contra el espaldas. Tragó saliva y cerró fuertemente los ojos.
Bill sintió retorcerse algo en su pecho al verle tan temeroso, alargó su mano hasta el rostro del chico y lo acarició suavemente.
—No pienso lastimarte, eres demasiado hermoso como para hacerlo. Discúlpame si no he demostrado mis modales y simplemente te he quitado de tu… hogar pero es que tú eres tan bello, mereces algo mejor. Yo te daré todo lo que desees, mi fortuna será la tuya, te haré el muchacho más feliz de este reino —prometió Bill con una sonrisa resplandeciente que Tom vio a medias por abrir solamente un ojo, cosa que le pareció tierna a Bill—. Vamos… ¿qué es lo que más quieres, uh? —preguntó mientras pasaba su nariz por la mejilla de Tom, embriagándose con su aroma.
Las manos de Tom comenzaron a temblar y su corazón latió furioso. El rey era… atrayente a pesar de ser un maniático que lo haya traído contra su voluntad, era atrayente y guapo, mucho, demasiado. Pero muy a pesar de que fuera algo tentador, él tenía un deber con sus hermanos, por lo que puso sus manos sobre el pecho del joven, deteniendo su acercamiento peligroso.
Tom señaló hacia su camisa y luego a sus manos heridas como si estuviera cosiendo. Bill parpadeó y luego le sonrió.
—Oh, te refieres a tus camisas, pues te he preparado un cuarto para que puedas hacerlas ahí sin ser molestado —farfulló Bill. Tom no pudo evitar sonreír—. Te ves incluso más hermoso cuando ríes —acotó, levantando una ceja insinuante, haciendo que Tom se sonrojase.
Y es así como comenzó el cortejo de Bill hacia a Tom. No es que fuese necesario al Bill ser un rey, pero él quería hacerlo, así que acompañaba a Tom a tejer sus camisas de ortiga, y le curaba las manos después de hacerlo, consiguiendo besarlas tras ello. Tom no se quejaba, Bill era muy dulce con él y, tal y como le había prometido, le daba todo lo que pudiera desear.
Pero faltando tres camisas que terminar se le acabó la ortiga a Tom. Así que él recordó su sueño, y tuvo que esperar que todos se durmieran para ir al cementerio. Con lo que no contaba Tom es que estaba siendo seguido por Bushido, el arzobispo, que aún no confiaba del todo en el muchacho rubio.
Tom se espantó al vislumbrar en el cementerio a brujas desnudas que fornicaban y se comían las entrañas de los muertos que habían sacado de sus tumbas en algún rito satánico, pero intentando lo mejor que podía en no ver, se limitó a cortar las ortigas y llevárselas consigo al castillo. Pero Bushido ya lo había observado para ese momento.
—Es como le digo, Majestad. Estaba junto a brujas, siendo parte de aquel ritual —aseveró Bushido. Bill suspiró sintiéndose decepcionado.
—Pues no queda de otra más que mandarlo a juicio —dijo Bill.
Tal y como iba a ser, Tom no pudo defenderse durante el juicio debido a que si hablaba sus hermanos fallecerían, así que lo sentenciaron a morir en la hoguera al día siguiente, durmiendo ahora en un calabozo, en el cual le dejaron a modo de broma las ortigas y camisas, desconociendo que le servirían para terminar su labor. Tom pensaba que si conseguía terminar las camisas valía la pena perder la vida con tal de que sus hermanos estuviesen bien.
Cuando el sol se mostró esplendoroso ante el reino la muchedumbre se hallaba ansiosa esperando a que matasen al rey brujo en la hoguera y Tom en el carromato se encontraba terminando las camisas sin interesarle que le tirasen verduras y frutas podridas, tampoco en que hubiese un montículo más adelante que quemarían junto con él. Solo estaba centrado en su objetivo, terminar las camisas. Algunos de los aldeanos quisieron arrancarle las camisas pero Tom se luchó hasta que un ruido les hizo girar el rostro a todos, los cisnes con coronas rodeaban a Tom que le faltaba terminar de tejer una manga, pero que aun así lanzó las camisas a sus hermanos, haciendo que adoptasen su forma humana en frente de todos.
—¡Soy inocente! —gritó Tom cuando finalmente Georg se transformó en un humano pero manteniendo un ala de cisne—. Perdona, Georg.
—No te preocupes, Tom. Lo mantendré como símbolo del héroe que serás para mí a partir de ahora —le dijo sonriente.
Bill, Bushido y los demás se acercaron con los ojos perplejos, el primero sujetando entre sus brazos a Tom para besarle el rostro.
—Oh, hermosa criatura, tu nombre era Tom y cuánto me alegro que no seas un brujo ni tengas que ver con esos seres despreciables —exclamó Bill sonriente. Tom le correspondió al gesto.
—Solo lo hacía por mis hermanos, estaban bajo un hechizo que les hizo mi malvada madrastra, Bill —respondió Tom alegre de por fin poder decir el nombre de su amado.
—Arreglaremos ese asunto después, por mientras tus hermanos bienvenidos serán en nuestro hogar y se celebrará de nuevo nuestra boda para reafirmar tu inocencia, mi querido Tom. —El pueblo gritó de felicidad y el montículo que iba a servir para la hoguera se transformó en una inmensa montaña de flores que llovió sobre todos.
Sonrieron y festejaron las buenas nuevas en el reino de la mejor manera, mientras al compás de un beso compartido entre los nuevos reyes se dio por comenzado otra fase que traería tranquilidad y bienaventuranzas para todos.